La puerta no está cerrada, pero la cerradura está atascada
Una columna de Ramona Blanco García Wolff
Tengo una amiga. Desde hace años. Una con la que he reído, llorado, hablado por teléfono durante horas. Una de la que yo pensaba: esta se queda. Pase lo que pase.
Y entonces pasó algo con lo que yo no contaba. Ni una crisis. Ni una pelea. Ni una traición en el sentido clásico. Lo que pasó fue una transformación. Lenta. Silenciosa. Y para mí profundamente inquietante.
El formulario en la impresora
Era una visita normal en su casa. Café, pastel, conversación. Como siempre. Hasta que vi algo en la impresora. Una solicitud de afiliación. Para un partido que no quiero ni nombrar. No porque tenga miedo. Es que el nombre de ese partido desvía la conversación enseguida hacia un lugar que no le hace justicia al tema verdadero.
Porque el tema verdadero no es la política. El tema verdadero es: ¿cómo puede una persona, a la que creías conocer, cambiar tanto que ya no la reconoces?
Frases que sonaban ajenas
De pronto soltaba frases que yo nunca le había oído. Sobre "los extranjeros". Sobre violaciones. Sobre amenazas que supuestamente acechan por todas partes. Frases salidas de un mundo paralelo que yo no conocía y al que no me habían invitado.
Me mandaba enlaces. Canales de YouTube que abrí un momento y cerré horrorizada. Aquello no era información. Era odio. Envuelto en indignación, decorado con miedo, servido como verdad.
Me dijo que yo era ingenua. Porque veo el telediario. Porque escucho el noticiario de la noche. Porque leo un periódico. Como si los medios serios solo contaran mentiras para manipular a la gente. Sí, claro, porque la mejor vacuna contra la ingenuidad es un canal de YouTube lleno de música dramática y títulos en mayúsculas.
El momento que se me quedó grabado
En mi página web hay una sección que se llama "Raíces e identidad". Claro que sí. Yo soy migrante. Llegué a Alemania con tres años desde España. Crecí entre dos países, entre dos idiomas, entre dos culturas. La migración es parte de mí. Mi historia. Mi experiencia. Mi sentimiento.
Cuando mi amiga vio esa sección, se puso agresiva. No alzó la voz, pero el tono se volvió afilado. "Tú no eres migrante." "Tú llevas viviendo en Alemania toda la vida." "Tú no puedes jugar esa carta."
Yo me quedé ahí, intentando entender. ¿Cómo defines tú la migración?, le pregunté. En calma. Sin provocación. Con sincera curiosidad. Porque creo que estás confundiendo varios conceptos.
Su respuesta: "Déjalo ya. No intentes meterme en esta discusión. Me pone de mal humor. No quiero hablar de esto."
Y ahí estaba. El momento que se me quedó grabado. No porque tuviera otra opinión. Es que me estaba negando quién soy yo. Mi identidad. Mi historia. Mi derecho a hablar de ello. Y a la vez negaba cualquier conversación sobre el tema.
El silencio que pesa más que una pelea
Dejamos de hablar de ello. Como se hace en estos casos. Se aparta el tema. Se habla de otras cosas. Se hace como si no hubiera pasado nada. Como si pudieras apagar una parte de una persona y seguir queriendo el resto.
Pero queda ese sabor. Ese sabor amargo que no se va. Que se nota en el siguiente café. Que vibra en cada pausa al teléfono. Que dice: hay algo entre nosotras que no estamos nombrando. Y justo eso lo hace más grande.
He tomado distancia. No consciente, no planeada. Pasó. Me pongo en contacto menos. Ella también. Las conversaciones se acortan. Las pausas entre ellas se alargan. Nadie ha dicho nada. Pero las dos lo notamos.
¿Irse o quedarse?
¿Debería terminar esta amistad? La respuesta clara sería más fácil. Cerrar la puerta, como hice con mi hermana. Punto. Seguir.
Pero no es tan sencillo. Porque ella no me ha hecho nada personal. No me ha utilizado, no me ha mentido, no me ha traicionado. Ha cambiado. En una dirección que me asusta. ¿Pero por eso ha perdido el derecho a mi amistad?
Y al mismo tiempo: me negó quién soy. Me dijo que no podía "jugar esa carta". Como si mi origen fuera un comodín en una partida de naipes y no mi vida. ¿Debo tragármelo y hacer como si no hubiera pasado?
No lo sé. De verdad que no. Y quizá esa sea la respuesta más honesta que puedo dar.
No es solo mi historia
Sé que no soy la única. Justo ahora, en esta Alemania, se rompen amistades y familias por las fracturas políticas. Personas que llevaban años riendo juntas se quedan de repente sin palabras la una frente a la otra. No porque voten partidos distintos. Porque una de las dos ha empezado a hablar en un idioma que la otra ya no entiende. O ya no quiere entender.
El miedo que hay detrás lo entiendo. El mundo cambia rápido. Algunas cosas dan vértigo. Y es más fácil creerse respuestas sencillas que aguantar preguntas complicadas. Pero las respuestas sencillas que se dan a costa de otras personas no son respuestas. Son armas.
La cerradura está atascada
La puerta hacia mi amiga no está cerrada. Pero la cerradura está atascada. Bajo la manilla y no se mueve nada. No porque yo no quiera. Es que hay algo en medio que no puedo apartar así como así.
Quizá se resuelva en algún momento. Quizá ella vuelva a ser la mujer que yo conocí. Quizá yo encuentre la manera de manejarlo. O quizá no.
Lo que sí sé: soy migrante. Llegué a Alemania con tres años. He marcado este país tanto como este país me ha marcado a mí. Y no le voy a permitir a nadie que me niegue quién soy. Ni a la sociedad. Ni al mercado laboral. Ni a una amiga delante de un café y un trozo de pastel.
La cerradura está atascada. Pero la llave todavía no la tiro.
Algunas amistades terminan con un portazo. Otras terminan sin una palabra. Sin pelea, sin gran motivo. Simplemente porque dos mujeres han crecido en direcciones distintas. De eso conté en "La amiga a la que ya no llamo". Son dos historias sobre lo mismo. Y quizá tú te reconozcas en las dos.
¿Lo vives tú también? ¿Una amistad que se rompe por la política? ¿Alguien al que ya no reconoces? Escríbeme. No para encontrar soluciones. Para saber que no estás sola.