La velocidad la decido yo

La velocidad la decido yo

Una columna de Ramona Blanco García Wolff

Con los zapatos de calle puestos. La luz sin encender. Bajar rápido al sótano a por el abanico antes de salir. Me esperaba una cita a la que no tenía ganas de ir. Y las cosas que no me apetecen quiero quitármelas de encima cuanto antes. Terminar rápido. Subir al coche rápido. Pasar por ello rápido.

La escalera del sótano tenía otros planes. Resbalé. Pum.

El resultado: una fractura de vértebra lumbar. Hospital, radiografías, calmantes. Y una mujer que, de un segundo a otro, ya no puede hacer nada rápido. Ni siquiera darse la vuelta en la cama.

Comerme el mundo

Si soy sincera, esta historia no empezó en la escalera del sótano. Empezó semanas antes. Había pisado el acelerador a fondo. Proyectos, citas, planes. Me sentía llena de energía. Pensaba que podía comerme el mundo.

Mi cuerpo, mientras tanto, enviaba otras señales. Pequeñas. Silenciosas. Cansancio a deshora. Esa sensación de que el motor va más caliente de lo que debería. Las señales estaban ahí. Las vi y decidí ignorarlas. Fue una tontería. No lo puedo decir más bonito.

Hay límites que pones tú. Y hay límites que pone tu cuerpo por ti, cuando esperas demasiado. Mi cuerpo esperó. Y esperó. Y entonces tiró del freno de emergencia. En una escalera de sótano, por un abanico, para una cita a la que no tenía ganas de ir.

Frenada en seco

Ahora estoy tumbada. Primero en el hospital, ahora ya en casa. La fractura tiene que soldarse sola. Sin operación. Solo reposo. Reposo. Una palabra que hasta ahora no existía en mi agenda.

¿Y sabes qué es lo más asombroso? El mundo sigue girando. Ningún proyecto se ha derrumbado. Ningún cliente ha desaparecido. Ninguna tarea sin hacer ha matado a nadie. Todo lo que quería resolver de inmediato, sí o sí, está simplemente ahí, esperando. Con paciencia. Resulta que las cosas saben esperar. Yo no sabía.

El post perfecto

En la cama del hospital leí la publicación de una fotógrafa en Instagram. Hablaba de la presión de estar entregando siempre. El post perfecto. La frecuencia recomendada. Publicar varias veces por semana, o el algoritmo te castiga.

Le escribí una respuesta. Y al escribirla me di cuenta de que ahí estaba saliendo algo más que un comentario. Le escribí: «Ahora mismo me permito no hacer el post perfecto. Y la frecuencia recomendada, también. Todo eso son tonterías. La velocidad la decido yo».

La velocidad la decido yo. La frase se quedó ahí, mirándome. Porque es verdad. Y porque yo llevaba semanas sin cumplirla. Mi velocidad la estaban decidiendo otros. La agenda. Las expectativas. El algoritmo. Y esa vocecita apremiante en mi cabeza que siempre dice: «Esto lo haces en un momento».

Con exactamente esa frase bajé la escalera del sótano.

Y solo entonces

Ahora me he dado de baja. De las citas, de las tareas comerciales, de todo lo que no es imprescindible. Hasta este fin de semana haré solo lo imprescindible. Y si la semana que viene me encuentro bien, retomo el trabajo. Y solo entonces. Punto.

Este «y solo entonces» es nuevo para mí. Antes habría dicho: «La semana que viene seguimos, sea como sea». Habría usado los calmantes para funcionar. Hoy los uso para curarme. Hay una diferencia. Y la tuve que aprender. Por las malas.

Mi lección es banal y enorme a la vez: ir con más calma. En todos los pasos que doy. Aunque solo sean los pasos de la escalera del sótano. Encender la luz. Ponerse los zapatos adecuados. Un momento más despacio. Suena a frase de taza de desayuno. Pero yo tengo una fractura de vértebra lumbar que me explica cada día por qué esta frase no es para una taza.

El abanico, por cierto. Sigue en el sótano. Ahora mismo, lo que me sobra es tiempo.

¿Y tú? ¿Quién decide tu velocidad? ¿Tú? ¿O tu agenda, tu algoritmo, tu «esto lo hago en un momento»? ¿Escuchas las señales silenciosas de tu cuerpo, o esperas al freno de emergencia? Escríbeme. Mejor despacio.

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