Una columna de Ramona Blanco García Wolff
Creo en el karma. No en el de los cristales y la música new age. Creo en el karma que reconoces cuando llevas cuarenta años en ventas. El que llega callado. A veces años después. Pero llega. Siempre.
Los que pisieron hacia abajo
He tenido jefes que me achicaron. Delante del equipo. A mis espaldas. No porque fuera mala, sino porque era incómoda. Porque hacía preguntas que no querían oír. Porque veía cosas que preferían mantener ocultas. Porque mi competencia les daba miedo, aunque jamás lo hubieran reconocido.
En aquel entonces dolía. Dolía de verdad. Hubo tardes en que me quedaba en el coche sin querer bajar. Mañanas en que necesitaba toda mi energía solo para entrar. Y momentos en que me pregunté si el problema era yo.
¿Y hoy? Hoy sé dónde han ido a parar esos jefes. A algunos los echaron. A otros los olvidaron. Muchos viven exactamente en esa irrelevancia que siempre le desearon a los demás. Lo digo sin rencor. Lo digo con nitidez. Quien pisa hacia abajo, tarde o temprano se queda solo arriba. Y arriba, sin respeto, no es más que una buena vista sin nadie con quien compartirla.
Los que llaman veinte años después
Y luego está el otro lado. El bonito. El que me sostiene.
Clientes que veinte años después siguen sabiendo mi nombre. Que llaman y dicen: "He oído que tienes algo propio ahora. ¿Puedo ayudar?" Excompañeros que me escriben: "Lo que me enseñaste entonces no se me ha olvidado." Personas de las que pensaba que hacía tiempo me habían borrado de su memoria.
Eso es el karma. No el ruidoso, el espectacular. El silencioso. El que ocurre cuando llevas cuarenta años trabajando sin trampa. Cuando no solo vendiste algo, sino que escuchaste. Cuando no solo toleraste a tus compañeros, sino que los arropaste. Cuando construiste relaciones sobre confianza, no sobre cálculo.
No se ve de inmediato. A veces tarda años. A veces décadas. Pero se ve.
La honestidad es una inversión a largo plazo
En ventas hay dos tipos de personas: las que cierran rápido y las que fidelizan. Yo siempre fui de las segundas. No porque sea más noble, sino porque lo entendí pronto: un cliente que confía en ti vale más que diez cierres con gente que no vuelve a llamar.
He llegado a decirle a clientes: este producto no es para usted. He rechazado tratos que a corto plazo pintaban bien pero que a largo plazo habrían quemado la confianza. A veces gané menos porque fui de frente.
Y son exactamente esos clientes los que hoy siguen sabiendo mi nombre. Los que me recomiendan. Los que me apoyan. Ir con la verdad por delante no es un negocio a pérdidas. Es la mejor inversión que puedes hacer. Solo que la rentabilidad no aparece en ningún informe trimestral.
¿Qué he dejado?
El karma no es de ida. Yo también soy parte de la historia de otras personas. Y si soy sincera conmigo misma, a veces me pregunto: ¿qué he dejado atrás?
¿Fui siempre justa? No. ¿Hubo momentos en que fui demasiado dura, demasiado impaciente, demasiado metida en mí misma? Sí. ¿Dejé pasar a personas que merecían más de mí? Probablemente. No soy ninguna santa. Soy una mujer que intentó trabajar con dignidad y vivir con dignidad. Y que algunos días lo hizo mejor que otros.
Pero si hago balance, y con 64 una puede permitírselo, creo que me ha vuelto más bien del que yo di. No porque lo mereciera. Sino porque así funciona esto. No siempre cosechas donde sembraste. Pero cosechas.
La paz que no esperas
Lo más bonito del karma no es la satisfacción. No es el "¿ves?" cuando alguien recibe lo que merece. Lo más bonito es la paz que llega cuando dejas de esperar que alguien haga justicia.
Porque el karma no necesita que lo controles. No necesita tu rabia. Ni siquiera necesita tu atención. Simplemente pasa. En silencio. A su ritmo. Y la mayoría de las veces solo lo ves cuando miras atrás.
¿Los jefes que me achicaron? No les deseo nada malo. De verdad que no.
Les deseo que algún día entiendan lo que hicieron. Y que alguien les perdone, como yo lo hice. No por ellos. Por mí.
El karma no lleva traje
No llega en coche de empresa. No ocupa despacho de dirección. No aparece en ningún balance. El karma no lleva traje. Lleva paciencia. Y a veces una taza de café que alguien te pone delante cuando menos te lo esperabas.
Cuarenta años en ventas me han enseñado muchas cosas: negociar, optimizar, gestionar clientes. Pero lo más importante no está en ningún manual: sé decente. Aunque en ese momento no parezca que merezca la pena. Especialmente entonces.
Porque algún día llaman a tu puerta. Y quien está ahí no es la venganza. Es alguien que dice: no olvidé lo que hiciste por mí.
Eso es el karma. Y es precioso.
¿Crees en el karma? ¿Lo has vivido? ¿Ese momento en que algo bueno volvió cuando menos lo esperabas? ¿O el momento en que viste a alguien cosechar lo que había sembrado? Cuéntamelo.