Lo que es peor que el ruido de las obras
Una columna de Ramona Blanco García Wolff
Desde que tengo memoria, hago equilibrios. Entre la mentalidad española y la alemana. Entre mi familia y yo. Entre mi marido y yo.
En mi libro me describí una vez como un globo al que le gusta echar a volar. Mi marido es la cuerda. Me sujeta. Me da raíces. Sin él saldría volando. Con él me quedo donde hay suelo firme.
Aquí en Málaga esta imagen se me hizo más clara que nunca. Y eso en una semana que ofreció todo lo que puede hacer temblar un matrimonio en sus cimientos. O al menos a mi marido.
El paraíso que no fue
Nuestro hotel está un poco apartado. Maravillosamente situado. Costa del Sol. Esa luz que no encuentras en ningún otro lugar del mundo. La gente del servicio, amable, siempre de buen humor, siempre con una sonrisa en los labios. Suena todo como un folleto de vacaciones.
Para mí también lo era.
Entonces llegó la primera tarde. Y la primera noche. Ruido de obras justo debajo del balcón. Ruido de aviones por encima, porque el hotel está cerca del aeropuerto. Una cacofonía que le frunció el ceño a mi marido antes incluso de dormirse.
Yo dormí igualmente. Él, no tanto.
Rumpelstilzchen al borde de la cama
A la mañana siguiente me despierta un hombre al borde de la cama. Mi marido. Está ahí de pie. Cabizbajo. Como un niño al que le acaban de tirar el helado de la mano. Y dice esa frase que carga con todo el reproche que una frase puede cargar:
„No hay agua."
Parpadeo. „¿No hay agua?"
„No hay agua. No puedo ducharme. Y vamos a llegar tarde al desayuno."
Me estiro. Bostezo. Digo: „Eso se arregla enseguida. Y lo del desayuno lo solucionamos."
Él sigue ahí, me mira, y en su cara se debate algo. Es indignación. Es desesperación. Es la cara de un hombre que acaba de descubrir que el mundo no funciona como debería.
„Pero si esto no puede estar permitido", dice. „Tener un hotel en marcha mientras todavía hay obras. En nuestro país no pasaría algo así."
Mi Rumpelstilzchen, al borde de un ataque de nervios. Por un grifo.
Sí, mi amor
Me incorporo, lo beso en la frente y digo:
„Sí, mi amor. En Alemania es así. Aquí en España no."
Es una frase que en nuestro matrimonio ya he dicho cien veces. En todas sus variantes. „En Alemania esto es distinto." „Aquí funciona así." „Respira hondo." Son las frases de una mujer que con tres años llegó de España a Alemania, que creció allí, trabajó allí, vivió allí, y aun así nunca dejó del todo de ser española.
Mi marido está germanizado hasta los huesos. Puntual, minucioso, apegado a las normas. Cuando algo no funciona como debe, dentro de él se pone en marcha una pequeña máquina alemana que se indigna. Conozco esa máquina. Hasta la quiero, porque es justo lo contrario de la mía y por eso me complementa.
Pero en vacaciones. En unas vacaciones españolas. Ahí esa máquina puede llegar a ser bastante agotadora.
En recepción
Me visto. Bajo a recepción. Las chicas del mostrador ya me conocen del día anterior. Ellas sonríen, yo sonrío. Me inclino un poco sobre el mostrador y digo con mi mejor tono conspirador:
„¿Sabéis qué es peor que todo el ruido de las obras del hotel?"
Me miran con curiosidad. Una levanta las cejas.
Digo, con el énfasis de una heroína de telenovela:
„ESTAR CASADA CON UN ALEMÁN."
Risas. Risas de verdad. Una se tapa la boca con la mano. Otra suelta una carcajada y se disculpa enseguida. Lo entienden al instante. Quizás tengan ellas mismas yernos alemanes, cuñados alemanes, maridos alemanes. De repente ya no somos empleadas y huésped. Somos tres mujeres que saben exactamente lo mismo.
Cómo acabó lo de la habitación nueva ya lo conté en otro sitio, en „Quien grita, pierde. Quien comprende, gana.". Pero ese no es el tema aquí. El tema es: el corte de agua fue solo el principio. España todavía tenía más cosas preparadas para mi marido.
Don Quijote y Sancho Panza
Al día siguiente descubrimos que la caja fuerte no funciona. Abro la pequeña trampilla del compartimento de las pilas. El tornillo está flojo, la tapa cuelga abierta. „Claro", dice mi marido, „las pilas están gastadas." Llamo a la amable recepción y pido cuatro pilas nuevas.
Poco después llaman a la puerta. Abro. Delante de mí hay dos técnicos de mantenimiento, y por un momento tengo que contener la risa. Uno alto y delgado, de semblante serio, con cara alargada. El otro bajito y rechoncho, con una sonrisa arrugada. Don Quijote y Sancho Panza, en su versión hotelera moderna. Con caja de herramientas en vez de lanza y burro.
Entran, abren el compartimento, colocan las pilas nuevas. Hasta aquí todo bien. Luego tienen que volver a cerrar la tapa con el tornillo. Don Quijote busca en su caja de herramientas. Busca y busca. No lleva un destornillador adecuado.
Manda a Sancho Panza. „Trae un destornillador más pequeño." Sancho asiente y desaparece.
Mi marido está sentado al borde de la cama. No dice nada. Pero su cara lo dice todo. Prácticamente grita „En nuestro país esto…". Le pongo la mano en el brazo. Ahora no, cariño. Ahora no.
Sancho vuelve. Trae un destornillador. Es demasiado grande.
Don Quijote lo piensa un momento. Quiere mandar a Sancho otra vez.
Entonces mi marido se levanta. Educado, casi tímido. „¿Me permitís?"
Coge algo de mi neceser. Una lima pequeña, ya ni recuerdo exactamente qué era. La apoya en el tornillo. Gira. El tornillo se aprieta. La tapa se cierra. La caja fuerte funciona.
En Alemania los técnicos nunca lo habrían permitido. Allí hay normas. Allí el huésped no toca las herramientas. Allí algo así no se arregla con una lima de uñas, y menos delante de un empleado del hotel que responde por ello.
La reacción española: Don Quijote y Sancho Panza miran a mi marido con una sonrisa que apenas sé describir. Una mezcla de admiración, alivio y una pizca de picardía. „¡Buenas tardes!", dicen. „¡Que sigáis disfrutando de las vacaciones!"
Se van.
Lo que mi marido me dijo después, me lo guardo para mí.
Corazón y manos de oro
A la mañana siguiente paso por recepción. Una de las chicas me ve. Se le ilumina la cara.
„¡Ramona, corazón! ¿Cómo habéis dormido?"
Corazón. Así se llama aquí a una mujer a la que aprecian. A una mujer que es de los suyos. A una a la que conocen.
En Alemania puedes ir años al mismo hotel, y en recepción te llaman „Señora Wolff". Por el apellido. A veces por el nombre, pero solo si lo pides. „Corazón" no lo dice nadie. En Alemania se vería como demasiada confianza. Aquí es lo más natural del mundo.
Sigo caminando, más ligera, más alegre. Mi marido me mira. „¿Qué ha sido eso?" Me río. „Me ha llamado corazón." Niega con la cabeza. Pero sonríe.
Por la noche vamos a cenar. En el restaurante del hotel. Mi marido quiere pagar con su tarjeta. La noche anterior no había funcionado y al final pagué yo. Hoy quiere intentarlo otra vez, con la típica tozudez de un hombre que se niega a aceptar que su tarjeta alemana pueda fallar en un datáfono español.
Me inclino hacia el camarero y le digo, con un guiño: „Si hoy la tarjeta tampoco funciona, yo no me hago cargo. Entonces lo dejo aquí a fregar platos."
El camarero mira a mi marido. Sonríe. Dice:
„A ese nos lo quedamos encantados. Ya he oído que tiene manos de oro."
Tengo que detenerme un momento. Don Quijote y Sancho Panza lo han contado en la sala de personal. El turista alemán que apretó el tornillo con una lima de uñas. De repente mi marido es una pequeña celebridad del hotel. Y se ríen de ello, con cariño, de una manera que no le quita nada y se lo da todo.
Mi marido también sonríe ahora. Por primera vez de verdad desde lo del agua.
Por cierto, la tarjeta funcionó. Esa única vez.
Globo y cuerda
Ecuador de la semana. Una semana de Andalucía detrás de nosotros, otra por delante. Una semana de roces y risas y correcciones y comprensión. Mi marido se ha vuelto más tranquilo. Quizás solo se ha aclimatado. A veces esos dos estados son difíciles de distinguir.
Sea como sea. Ha dejado de ver un problema alemán en cada grifo. Ha empezado a ver una victoria española en cada sonrisa.
Y justo esa es la imagen que me viene una y otra vez. Globo y cuerda.
Si yo fuera solo globo, saldría volando. Aceptaría todo tal como viene, algún día también lo que me hace daño. No reclamaría, no actuaría, no me defendería. Mi marido me obliga a mirar. Aunque a veces preferiría apartar la vista.
Si él fuera solo cuerda, se desgastaría. Cuestionaría el mundo entero por cada desperfecto. No vería el sol porque solo ve a los obreros. Yo lo obligo a relajarse. Aunque a veces preferiría seguir indignado.
Somos dos mentalidades, dos velocidades, dos maneras distintas de relacionarnos con el mundo. Y sí, a veces su precisión me molesta, y a veces mi calma lo molesta a él. Pero justo ese roce nos mantiene juntos desde hace décadas. Nos corregimos. Nos complementamos. Crecemos el uno con el otro.
Sin él sería demasiado ligera. Sin mí sería demasiado pesado.
¿Cambiaría alguna vez esta forma de ser española, cálida, a veces caótica, a veces chapucera, siempre acogedora, por la minuciosidad alemana? Por nada del mundo.
Con una excepción.
A mi Rumpelstilzchen me lo quedo.
En la segunda semana seguro que vendrán algunas pequeñas catástrofes más. Un grifo que vuelve a fallar. Un aire acondicionado que hace ruidos raros. Alguna peculiaridad española que saque de quicio a mi marido una última vez. Quizás.
Pero ya se ha aclimatado. Reaccionará con más calma. Eso espero.
Y yo me reiré. Sea como sea.
¿Vives tú también con alguien que tiene una mentalidad muy distinta a la tuya? ¿Quién es el globo y quién la cuerda en vuestra relación? ¿Y cómo lo lleváis cuando uno ya está indignado mientras el otro sigue en la cama? Escríbeme. Y nos reímos juntas.