Estoy tumbada junto al Faaker See. Acabo de bañarme y todavía siento en la piel esa agua maravillosa. Frente a mí, las montañas. Majestuosas. Las vistas son impresionantes.
Ahora mismo, el mundo difícilmente podría ser más bonito.
Y, sin embargo, toda su miseria cabe en la palma de mi mano.
Unos cuantos movimientos con el pulgar y ahí estoy otra vez: pueblos ucranianos destruidos por misiles rusos. Catástrofes climáticas. Algún geocientífico que ha calculado cuál es la probabilidad de que se produzca un tsunami en la costa mediterránea española.
Sigo bajando por Instagram y últimamente casi todos los días leo algo sobre políticos corruptos. Sobre personas a las que hemos elegido, en las que hemos confiado. Sobre un gobierno que da la sensación de no tener ningún rumbo a la hora de gestionar el dinero de nuestros impuestos.
¿En beneficio de…? Sí, ¿en beneficio de qué, exactamente?
Sigo deslizando el dedo.
Cambio climático. Catástrofes meteorológicas. Incluso en mi querida España acaba de haber terremotos. Hace muy poco estuve en Granada. Y ahora leo que allí también ha temblado la tierra.
Sigo deslizando el dedo.
Internet está lleno de vídeos falsos. Vídeos creados para influir en unas elecciones. Vídeos en los que, gracias a la inteligencia artificial, colocan a mujeres en escenas sexuales que nunca han existido.
Y llega un momento en que me pregunto:
¿De verdad se ha vuelto el mundo tan perverso? ¿O simplemente hoy vemos muchísimo más porque los medios digitales y la inteligencia artificial hacen que cada catástrofe, cada crueldad y cada abismo humano aparezca en nuestra pantalla en cuestión de segundos?
¿Y cómo conseguimos no acabar resignándonos ante todo esto?
Durante las vacaciones puedo dejar el móvil a un lado. Pero ¿qué pasa cuando se acaben? Solo por mi proyecto Leuchtturmfrauen paso bastante tiempo en Instagram. Así que esas imágenes van a seguir apareciendo.
Quizá la solución no sea intentar ignorarlo todo. Quizá se trate más bien de preguntarnos qué cosas sí están todavía en nuestras manos.
Yo no voy a detener el cambio climático. Y mucho menos una guerra. No voy a conseguir que ningún gobierno entre en razón ni voy a poder impedir que haya personas que utilicen la inteligencia artificial para cosas para las que jamás fue creada.
Pero sí puedo decidir cómo me comporto yo.
Por ejemplo, prácticamente he cambiado el coche por la bicicleta. Ahora nuestro coche solo necesita repostar cada tres o cuatro meses. Y para ir a la ciudad cada vez utilizo más el tren.
Son cosas pequeñas.
Y a veces son cosas todavía más pequeñas las que consiguen cambiar algo.
Hace unos días me encontré con una mujer a la que no conocía de nada. Me contó que tenía 96 años y dificultades para caminar. Estaba buscando un perfume y yo simplemente me tomé el tiempo de ayudarla a encontrar el que más le gustaba.
Para mí no fue nada especial.
Para ella, por lo visto, sí.
Cuando terminamos, me dio las gracias una y otra vez. Y entonces me dijo algo que me puso triste.
Me dijo que nunca nadie se había tomado tanto tiempo con ella ni le había prestado tanta atención.
Nunca.
A sus 96 años.
No me entristeció lo que yo había hecho. Me entristeció pensar que algo que para mí era tan normal pudiera ser algo extraordinario para otra persona.
Desde entonces me he propuesto no volver a quitarles importancia a esos momentos.
Porque su alegría acabó siendo también la mía.
No, con eso no evitaremos ninguna guerra. No detendremos ninguna catástrofe natural. No resolveremos ningún problema político. Pero quizá sí podamos hacer un poco más luminoso nuestro pequeño rincón del mundo.
Escuchar a alguien. Ayudar. Prestar atención. Contar una historia. O simplemente conseguir que otra persona se sienta vista durante un instante.
Llamadme ingenua. A mí este pensamiento me ayuda a no volverme completamente loca ante todo lo que aparece cada día en mi pantalla.
Quizá no podamos salvar el mundo. Pero sí podemos decidir cómo queremos comportarnos en él.
Y a veces todo empieza con algo tan pequeño como dedicarle un poco de tiempo a alguien delante de una estantería de perfume.
Ramona Blanco García Wolff es empresaria, autora y fundadora de Leuchtturmfrauen.