Cuarenta años de rendimiento. Después, la caída.
Y la pregunta: ¿qué queda cuando todo desaparece?
Yo era la que siempre funcionaba. La que nunca se enfermaba. La que llevaba el equipo cuando los demás ya no podían más.
Hasta que un día mi cuerpo dijo basta. Sin aviso previo. Sin negociación.
De repente estaba en la cama. Mirando al techo. Sin plan, sin título, sin función.
Y en ese silencio — por primera vez en cuarenta años — me escuché a mí misma.
Lo que encontré no fue debilidad. Fue una mujer que había olvidado quién era fuera del trabajo.
El desplome no fue el final. Fue el comienzo de algo que no cabe en un currículum.