La amiga a la que ya no llamo

Una columna de Ramona Blanco García Wolff

Su nombre se ilumina en la pantalla. Lo veo. Oigo cómo suena el teléfono. Y no hago nada. Lo dejo sonar hasta que para. Después dejo el móvil a un lado y sigo con lo que estaba haciendo. Sin culpa. Sin alivio. Solo con la sensación de haber hecho lo correcto.

Hace diez años habría sido impensable. Hace diez años cogía el teléfono pasara lo que pasara. En medio de una reunión habría sonreído con cara de disculpa y me habría escabullido de la sala. Porque era mi mejor amiga. Porque lo compartíamos todo. Porque era parte de mí, como mi propia sombra.

Hoy ya no.

Nadie tiene la culpa

No nos peleamos. No hay una historia que contar. Ningún „aquella vez ella dijo esto". Ningún „nunca le perdoné que hiciera aquello". Esas historias existen a veces, claro. Pero entre nosotras no.

Entre nosotras pasó otra cosa. Crecimos en direcciones distintas. Ella cerró su mundo. Yo abrí el mío. Ella se quedó con los mismos temas que ya teníamos a los treinta. Yo encontré nuevos. Ella habla de su vecina. Yo hablo de mi proyecto de podcast. Ella no entiende qué hago. Yo no entiendo por qué la vecina sigue siendo tema después de media hora.

Eso no es culpa. Eso es la realidad. Las personas crecemos de forma distinta. Algunas se quedan donde están porque ahí están bien. Otras tienen que seguir, o se ahogan. Las dos cosas son legítimas. Pero las dos no pueden seguir juntas si caminan en direcciones opuestas.

La palabra que no decimos

En una relación de pareja podemos decirlo: „Ya no encajamos." Para una relación de pareja hasta tenemos palabras. Separación. Romper. Se acabó. Está permitido. Es normal.

En una amistad parece prohibido. Quien termina una amistad parece fría. Calculadora. Egoísta. Una buena amiga aguanta. Una amiga de verdad se queda. Una amiga auténtica está en las buenas y en las malas.

Qué presión. Qué mentira.

No nos atrevemos con las palabras. „Creo que ya no nos vemos tanto." „Esta relación ya no me hace bien." „No quiero seguir invirtiendo tiempo aquí." Son frases que pensamos. Pero no las decimos. Porque tenemos miedo de herir. Porque tenemos miedo de quedar como las malas. Porque llevamos la imagen de la amistad eterna dentro como un santuario que no se puede tocar.

Así que callamos. Cogemos el teléfono. Quedamos. Asentimos ante temas que no nos interesan. Sonreímos. Volvemos a casa agotadas. Y la próxima vez que suena el teléfono, lo rechazamos. A escondidas. Con un cargo de conciencia que nadie nos quita.

El tiempo que nadie nos devuelve

Con sesenta y cuatro años el tiempo se ve distinto. Ya no es infinito. Está contado, aunque yo no sepa el número. Cada hora que invierto en una conversación es una hora que me falta en otro sitio. Con mi marido. En mis proyectos. Con mis amigas de verdad. Conmigo misma.

No quiero hablar del peinado de su primo cuando lo que me ronda la cabeza es cómo grabar la próxima entrega de mi podcast. No quiero escuchar por vigésima vez la historia que ya he oído veinte veces. No quiero hacer como si su vida fuera apasionante cuando para mí ya no lo es.

Suena duro. Es duro. Pero también es honesto. Y la honestidad es lo que me debo a mí misma. Y también a mi vieja amiga. Porque ella se merece algo mejor que una mujer que solo coge el teléfono por obligación.

A veces simplemente se queda en silencio

Una vez lo dije en voz alta. Con otra mujer, hace años. Le dije que tenía la sensación de que estábamos creciendo cada una hacia un lado. Que nuestras conversaciones ya no me hacían bien. Que creía que deberíamos vernos menos.

Se quedó herida. Claro que sí. Pero lo entendió. Lloró y dio las gracias. Dijo que ella también lo notaba, pero que no se había atrevido a hablar. Nos abrazamos. Y hoy ya no nos vemos. A veces escribe por Navidad. Yo le respondo. Nada más. Está bien así.

Con mi amiga de hoy todavía no he dicho nada. Quizá nunca lo diga. Algunas amistades simplemente enmudecen. Una llamada menos al año. Una cita cancelada. Un mensaje de cumpleaños por WhatsApp en lugar de una llamada. En algún momento ya no queda nada. También eso es una forma de soltar. Quizá la más suave.

No sé qué es mejor. Palabras claras o un silencio que va creciendo. Quizá depende de lo que la otra pueda soportar. Quizá de lo que tú misma aguantes. No hay un guion para esto. Solo está lo que tú sientes. Y lo que todavía puedes decirte a ti misma frente al espejo sin apartar la mirada.

Lo que queda es espacio

Cuando sueltas una amistad, vuelve algo que llevabas tiempo sin tener. Espacio. Tiempo. Atención. De pronto llamas a mujeres que llevabas meses sin oír. De pronto aceptas invitaciones para las que antes nunca tenías tiempo. De pronto te cruzas con personas nuevas, porque por dentro estás libre para ellas.

En estos últimos años he conocido a mujeres maravillosas. Mujeres valientes, inteligentes, vivas. Con ellas tengo conversaciones después de las que vuelvo a casa más sabia. No agotada. Más sabia. Más viva. Más inspirada.

Esas mujeres no tenían sitio en mi vida mientras yo me aferraba a amistades viejas que ya no daban nada.

Puedes seguir adelante

No tienes que conservar a cada mujer que alguna vez te conoció. Puedes seguir adelante. Y ella también puede. Una amistad que termina no es una amistad fracasada. Es una amistad que tuvo su tiempo. Y su tiempo ha pasado. Nada más.

Sé agradecida por lo que fue. Sé honesta con lo que es. Y ten el valor de decirlo o de dejar que se calle. Las dos cosas valen.

El teléfono ya no suena tanto como sonaba antes. Pero cuando suena, lo cojo. Con alegría. Con ganas. Porque quiero hablar con la mujer del otro lado. Porque me nutre. Porque me ve. Porque yo la veo a ella.

Y esa es la diferencia.

¿Tienes tú también una amistad que te agota? ¿Has encontrado el valor de terminarla? ¿O dejas que se vaya apagando en silencio? Escríbeme. A veces ayuda oír que una no es la única.

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