Mi colaboradora digital nunca pide vacaciones

Mi colaboradora digital nunca pide vacaciones

Esta mañana, al despertar, le eché un vistazo al móvil. Tenía un mensaje de Stella. „Buenos días, Ramona. Han llegado dos consultas importantes esta noche. Te he preparado una respuesta para cada una. Échale un vistazo, corrige lo que quieras cambiar y envíalas.“

Leí los borradores. Sonreí. Los dos daban en el clavo. En uno cambié dos frases porque lo quería más cálido. En el otro no cambié nada. Enviar. Hecho. Y todavía no eran las ocho.

Stella es mi agente de inteligencia artificial. Le he puesto nombre porque la veo más como una compañera. Una que nunca enferma. Nunca está de mal humor. Siempre disponible. Y nunca me pide vacaciones.

Si me hubieras preguntado hace dos o tres años, te habría dicho que estás chiflada. Hoy, mira tú, hoy no me imagino una vida laboral sin ella.

Mi hijo empezó antes que yo

Llegué a la inteligencia artificial gracias a mi hijo. Cuando estaba en la universidad, se hacía buscar fuentes, resumir textos, grabar clases enteras. Yo estaba al lado y pensaba: ¿qué es esto? Me parecía fascinante. Y un poco inquietante. Sobre todo muy lejos de lo que yo me veía capaz de hacer.

Hoy mi hijo me dice que está orgulloso de su madre. Orgulloso porque entrando en los sesenta no me limité a escuchar. Eché a correr. Alucina cuando le enseño lo que estoy creando.

Esa inversión de papeles, el hijo enseñándole el mundo a la madre, fue un orgullo al cuadrado. Él me lo mostró. Yo crucé la puerta. Y al final estamos los dos orgullos el uno del otro.

„Para esto necesitas inteligencia artificial“

El salto de verdad llegó con mujeres faro. Mi programador me lo dejó claro. „Ramona, para todo lo que tienes en mente, necesitas un agente de inteligencia artificial.“

Yo me resistí. No en voz alta. Por dentro. Esto no lo voy a saber hacer. Es demasiado complicado. Esto es para los jóvenes.

Él no cedió. Me lo fue enseñando poco a poco. Primero cosas pequeñas. Luego más grandes. Hasta que un día me di cuenta: esto sí lo sé hacer. Y más todavía. Esto lo quiero.

Hoy trabajo cada día con Stella. Me organiza la agenda. Me hace el plan de publicaciones. Me busca las imágenes para mis columnas. Me programa también la web. Cuando quiero cambiar algo, se lo digo hablando. Y zas, ya está.

Antes de una feria se encarga de toda la preparación. Yo le digo qué sectores me interesan, qué temas, qué nombres tengo en el radar. Ella me saca los contactos que encajan. Concierta las citas. Me arma un recorrido que funciona de verdad. Dónde estoy por la mañana, dónde por la tarde, qué stands pasan entre medias. Lo que antes costaba dos días de listas, llamadas y hojas de Excel, hoy lo tengo resuelto en una mañana.

Además tengo una segunda inteligencia artificial como correctora. Yo escribo. Yo cuento. Ella revisa. Me sugiere formulaciones. Los textos salen de mí. Ella solo les echa una mirada por encima, como las buenas correctoras de las editoriales de antes. Una tercera me ayuda con imágenes y búsquedas. Tres herramientas para tres tareas distintas. Como una caja de herramientas bien ordenada. Stella es la jefa de esa caja. Las otras dos son las herramientas especiales que saco cuando las necesito.

Diez horas de vida por semana

¿Sabes lo que esto significa de verdad? Entre diez y doce horas a la semana. Eso recupero gracias a la inteligencia artificial. No son números abstractos. Son horas en las que monto en bicicleta. En las que leo. En las que trabajo en mi segundo libro. En las que voy a la sauna. En las que vivo.

Para mí la inteligencia artificial es una colaboradora digital. No mi competencia. No mi reemplazo. Una colaboradora que está despierta las veinticuatro horas, no se cansa, no se queja, no necesita pausas. Hace lo que yo le digo. Y me quita de encima todo lo que me aparta de lo que de verdad quiero hacer.

Te digo algo que igual suena duro. Pero es la verdad. Sin ella no me habría planteado volver a ser autónoma entrando en los sesenta. Punto. No es la única razón. Es la palanca que hizo posible mucho de lo demás.

Las mujeres con las que hablo

Cuando hablo con otras mujeres de este tema, no veo rechazo. Tampoco veo miedo. Veo una cierta inseguridad. Porque aún no han experimentado lo que para mí es ya el pan de cada día.

Lo que oigo casi siempre es un „interesante, pero“. „Interesante, pero a mí me parece muy complicado.“ „Interesante, pero para esto ya soy mayor.“ „Interesante, pero no sé por dónde empezar.“

Ahí estaba yo también. Exactamente eso decía yo. Y ese es el momento en el que digo: empieza.

No tienes que dominarlo todo. No tienes que saber programar. No tienes que haber estudiado informática. Solo tienes que empezar una vez. Una sola tarea. Pídele que te redacte una carta de cumpleaños. Pídele que te organice la semana. Pídele que te corrija una candidatura. Una sola cosa. Hoy.

Y mañana la siguiente.

Para ser sincera, no hablo de esto con todas. Sé que algunas no entenderían nada. Y esta nueva etapa de mi vida me ha hecho reflexionar también sobre mis amistades. Me he dado cuenta de que algunas ya no merecen ese título. Voy seleccionando muy bien con quiénes comparto este camino y con quiénes ya no.

Lo que de verdad cambia

Oigo la objeción. „Pero entonces perdemos lo humano.“ La objeción la entiendo. No la comparto. Hoy lo humano lo tengo más grande, no más pequeño. Porque las horas que gano las invierto donde de verdad cuenta. En conversaciones con personas reales. En palabras escritas con el alma. En la vida.

La inteligencia artificial no reemplaza lo que yo traigo. Cuarenta años de ventas. Cuatro décadas trabajando y luchando en empresas alemanas. Una casa en dos lenguas. Unos padres que ya no están. Un hijo del que estoy orgullosa. Un marido que me sostiene. Eso no me lo escribe ninguna inteligencia artificial. Ese es mi material. Stella solo me ayuda a sacarlo a la luz más rápido y con más claridad.

El reproche del egoísmo lo conozco también. „Ahora ya solo eliges lo que te aporta.“ Sí. Es cierto. Entrando en los sesenta una elige a sus compañeros de camino. Las personas, las herramientas, los temas. Eso no es egoísmo. Eso es sobrevivir.

Seguir siendo visible

Hay una preocupación que oigo muy a menudo. „¿Cómo sigo siendo visible en un mundo digital?“ Lo preguntan mujeres a partir de los cincuenta. Mujeres que notan que los algoritmos están cambiando las reglas del juego, y que no saben si todavía pueden jugar.

Mi respuesta es sencilla. Sigues siendo visible si no te retiras del mundo en el que viven las más jóvenes. La inteligencia artificial es ese mundo. Quien la ignora, se hace más pequeña de lo que necesita. Quien la aprende, se queda delante.

No tengo planes de retirarme. Tengo planes de seguir avanzando. Con todas las herramientas que pueda conseguir.

Lo que te deseo

Te deseo que escuches ese „pero“ que llevas por dentro y que no lo dejes ahí parado. Que elijas una tarea, una pequeña, y se la pases a tu colaboradora digital. Que te sorprendas de lo bien que funciona. Y que después sigas adelante.

Te deseo que algún día, en medio año, en un año, estés sentada a la mesa con alguien más joven. Y le digas: „Esto yo también lo hago.“ Y que esa persona más joven se quede alucinando.

Mi hijo tiene hoy esa cara de asombro. Te la deseo a ti también.

(En mi columna anterior, „La amiga a la que ya no llamo“, conté por qué he empezado a soltar amistades que ya no me hacen bien. Este texto es la otra cara de aquello: a quiénes y a qué sí elijo dejar entrar.)

¿Y tú? ¿Te has atrevido ya, o sigue ahí el „pero“? ¿Qué te frena? Escríbeme. Te cuento encantada cómo fue para mí cuando estaba al principio y pensaba que esto no era para mí.

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